Dora Luz Haw
Agencia Reforma

fotografia: Ernesto Muñiz
MÉXICO, DF , 13-Ago .- Impacta y sobrecoge. Enfrentarse a un organismo de más de 8 metros de altura construido con sillas, teclados de computadora, autopartes, cimbra y carritos de supermercado, puede ser una experiencia divertida, artística o espiritual.
Esta pieza monumental y compleja se extiende al interior de un templo teresiano, símbolo de la espiritualidad, como un virus implacable que contamina desde su nave principal hasta sus capillas, oficinas, e incluso sus baños.
Inoculación es el nombre de la obra construida ex profeso para Ex Teresa Arte Actual, con la que el artista Antonio O'Connell hace una metáfora sobre el consumo, al considerarlo una especie de infección del alma que agota la espiritualidad de los hombres y los conduce a su autodestrucción.
Tras concebir esta creación durante un año, disciplinadamente dedicó un mes completo, con apoyo de 10 personas, a construir esta instalación que, como describe el curador Eder Castillo, es una sola pieza dividida en dos: un altar principal y un corazón inoculado que se ubica al centro del templo y se extiende por sus diversas áreas.
"¿Cómo podemos detener ese consumo desmedido que se convierte en un daño irreversible al medio ambiente? Es muy difícil porque nacemos dentro de un sistema en el que desde pequeños somos inoculados para vivir de esta forma", señala.
Invitado por Carlos Jaurena, director de Ex Teresa, O'Connell inoculó este templo de origen cristiano caracterizado por la austeridad del ex monasterio de la orden de las Carmelitas Descalzas, y colocó en su centro una instalación "maximalista", caótica y apocalíptica, que representa un corazón.
"En la Biblia el corazón hace referencia a él como el órgano en el que sentimos y donde está el ser. Los visitantes pueden escalarlo. Es como si ascendieran a un baldaquino, para quien llegue a la cima sienta esa autoridad. Sin embargo, su gran dimensión permite reconocer lo pequeño que somos", dice.
También se puede ascender al ático del retablo construido por O'Connell y sentarse al centro en una silla hecha con envases de Coca-Cola y rodeada de piezas de computadoras, para convertirse, por un momento, en Dios.
"Apartarnos de Dios, ignorarlo como autoridad, nos ha hecho soberbios. Esta pieza, que es sumamente autobiográfica, es un llamado a reflexionar sobre dónde ha quedado Dios en nuestras vidas", insiste.
El artista se basa en la teoría de la inoculación, propuesta del psicólogo social William J. McGuire, que dice que cuando una persona se enfrenta a un material debilitado que amenaza sus ideas o actitudes, en realidad las fortalece.
Hace una analogía con las vacunas. Piensa que es como introducir una pequeña porción del virus para generar anticuerpos a fin de que cuando el ser sea atacado por el virus, se active el sistema inmunológico.
O'Connell piensa que la publicidad induce o educa a la gente a vivir de cierta forma e inserta a las personas en una carrera por alcanzar un estatus social a través de las posesiones materiales.
"Con esta pieza quiero reflexionar sobre cómo nos hemos alejado de lo espiritual para enraizarnos en lo material. El triunfo de la razón en la modernidad hizo que matáramos a Dios y nos hemos creado nuestros propios Dioses, como son los deportistas, artistas, políticos. Somos nuestros ídolos", señala.
Usar materiales de reciclaje no resulta nuevo en el arte contemporáneo, sin embargo, el creador retomó no sólo elementos de consumo, sino sus contenedores, como son los carros de supermercado o las tarimas.
Estas piezas, que se unieron a través de clavos, tornillos y soldadura, con base en una estructura de acero y madera, fueron obtenidas en diversos depósitos en Iztapalapa y Nezahualcóyotl, así como en bodegas del Instituto Nacional de Bellas Artes.
Aunque generalmente crea sus obras con base en bocetos y maquetas, en este caso la complejidad del sitio y la oferta de materiales lo obligaron a realizar una especie de "arquitectura emocional", donde el trazo lo hizo en el espacio.
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