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marta palau
instalaciones
homenaje a Emilio Carballido

galería ramón alva de la canal
zamora 27, centro
Xalapa veracruz

inauguración, 31 de julio 20:00 hrs.



Estos Caminos
Emilio Carballido


La mano del arquero, que coloca la flecha como un milagro, en el
centro mismo del objetivo; la mano de Guillermo Tell, los tiros
míticos de su arco, sin dudar y sin pensar: uno sabe que es esa
coordinación misteriosa de propósito, instinto y sabiduría natural,
mezclada con destreza, la que debe adquirir (o tener) la mano del
artista. Como un tiro certero. Certero que implica un grado
instantáneo y profundo de verdad, alcanzada en un gesto firme,
arrojado, de dimensión amplia, un gesto que proviene de un resorte
misterioso en muchos sentidos pero cuya precisión es indudable y que
da entonces una confianza, una seguridad, una (sobre todo) gran
libertad, Tell era campeón de la libertad.

Esto, que sucede mil veces con la obra de Marta Palau, hace pensar en
esas dos aparentemente opuestas formas de hacer arte: la que explora
con una medida cautela desde una atalaya de lucidez y deliberación
para de ahí seleccionar y concebir, con la paciente ayuda de la razón,
un reflexivo plan de trabajo del cual brotan las obras como más o
menos estaba previsto; la otra manera es la del flechero, también la
del nadador: el clavado aterrador en las tinieblas, el buceo sin
escafandra, el compartir la experiencia doble de ser arquero y la
flecha.

Desmenuzando un poco ambas experiencias, resulta claro que no son de
modo alguno contrarias. Nada, en verdad, lo es definitivamente y cada
cosa comparte rasgos de sus opuestos. A fin de cuentas, el gesto del
arquero es de una suprema lucidez, salvo que fulminante; el nadador
bucea y descubre mundos en pleno uso de facultades, pero no con la
lenta reflexión que va a sacar corales y perlas. Estaría la división,
nada tajante, en un distinto modo de vivir el tiempo. Y ése
arriesgado, relampagueante, parece a fin de cuentas dar una mayor
calidad de aventura y descubrimiento al trabajo artístico, seguramente
porque el artista es el primero sorprendido; cuando el análisis llega,
aquello ya está hecho, la ruta está encontrada y es al descubridor a
quien toca el primer enriquecimiento con el rescate que se sacó de las
profundidades.

Marta bucea y lanza flechas. Da en el blanco, encuentra formas
expresivas admirables y de inmenso aliento. Su fuerza de ir a mundos
inéditos esta apoyada en la tremenda flexibilidad de su oficio, en su
mano precisa que ejecuta revelaciones bárbaras con exquisito acabado.
Y con inmensa seguridad fácil, que es la del acróbata, tranquilo y
bailarín en medio del aire, la del chofer de altas velocidades.

Es un privilegio aleccionador verla crear, inventar. Desde un rincón
tribal de su ser vuelven a salir objetos fuertes, capaces de hacer no
sabemos qué cambios drásticos con el medio que los rodea. Los espacios
que toca no vuelven nunca a ser los mismos.

Lúcidamente decide explorar un campo: las fibras mexicanas, los
elementos que se manejan en estratos de creatividad muy humildes:
cestería, tejido de morrales, envoltura de tamales, petates y frágiles
paredes de techos y techos de chozas tropicales. . . ¡En qué no habrá
de de convertirlos! Decisión lúcida y, enseguida, el arrojo
desaforado.

Esas verdosas-renegridas nocturnas hojas de elote, que nos acercan a
la presencia de Tezcatlipoca, esas faldas de grueso henequén, colmadas
de frutos, empenachadas presencias de alguna de las advocaciones de
Coatlicue . . .

A través de los materiales Marta llega a imágenes potentísimas, llena
el espacio con una solemne evocación que no tiene definición posible
más que en sí misma: y es una definición de México. En la cual, como
debe ser, brotan rasgos de travesura y humor, hay mezclados los
elementos discordantes de toda nuestra vida y nuestra historia, dichos
con dominio de las contradicciones, de la riqueza, de la riqueza de la
miseria, de los extremos que se tocan en una armonía que el análisis
no explicará nunca porque es de algún modo milagrosa.

Sus caminos son terrestres pero muy claramente dentro de nuestras
fronteras. Los bastones de mando son una selva de poder para quien
sepa apoyarse en ellos, encontrar la autoridad que brindan, descubrir
cual es el suyo propio en esa acumulación repetitiva, variadísima de
formas, que es una de las más sencillas y notables invenciones de la
artista.

¡Cuántas copias ineptas vamos a ver muy pronto de esculturas y
tapices! Este mundo rompe barreras y deja de ser textil y se coloca
en el punto en que las definiciones rutinarias resultan impertinentes
e incapaces. La facilidad de concepción, limpia, enérgica, con la
ejecución pulquérrima crean un espejismo de sencillez que parece
accesible a muchos: error espantoso, todo esto es fruto de dones
únicos, de un trabajo tan terco, tenaz y constante como pocos hay en
la plástica mexicana actual.

El Salón Nacional encierra una obra de arte enorme que es además un
inequívoco manifiesto político. Así como en los ¨Sellos de la España
sellada¨ podía leerse una explosión de cólera, se nos ofrece ahora
toda una exposición y la reflexión de Marta acerca de México, de
nuestras raíces y fisonomías. Sus caminos son ciertamente terrestres,
pero son ascendentes y son caminos de libertad.


Texto que acompaño la exposición Mis caminos Son Terrestres
Sala Nacional
Palacio de Bellas Artes
México, Julio/ Septiembre 1985

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